El organismo cambia a medida que envejece y esos cambios afectan las demandas alimentarias. Hay una considerable reducción de músculos y debido a ello, una disminución del índice metabólico basal (IMB), es decir, se necesitan menos calorías que cuando se es más joven. Al mismo tiempo se presenta un marcado aumento de la grasa corporal. La buena noticia es que, como el ejercicio moderado preserva la masa muscular, se puede retardar el ritmo al que ocurre este proceso. El ejercicio constante, mantiene los huesos fuertes, aumenta la flexibilidad y la movilidad articular, ayuda a mantener el equilibrio e incrementa el bienestar general.

En el envejecimiento se afectan algunos procesos digestivos. La producción de saliva disminuye, el estómago segrega menos ácidos, lo que causa menor absorción de vitamina D, B12, folato y calcio. Los músculos del intestino son menos eficientes causando estreñimiento.

En ocasiones, la elección de alimentos se ve limitada ante la falta de piezas dentarias o una mala adaptación a las prótesis. Además disminuye la percepción sensorial, lo cuál favorece el desinterés por la alimentación.

El uso de medicamentos, es también bastante frecuente a esta edad, debido a la presencia de diversas enfermedades crónicas. Habrá que considerar entonces, cómo afectan éstos a la alimentación y a la absorción de nutrientes.

 

En líneas generales, habrá que cuidar entonces: